lunes, 20 de abril de 2009

¡ Chao! . . .

La divulgación de las películas italianas ha permitido establecer el origen de esta palabra, que recibimos por la vía de los tangos argentinos. En la península se despiden las gentes con la palabra "chao", que posiblemente tenga para ellos tenga algún significado. Lo que es para nosotros resulta ser un grito desapacible, casi agrio: algo así como el empujón que se da al interlocutor para desprenderlo de nuestro lado. ¡Chao!

El saludo, en las costumbres de todos los tiempos, tiene el sentido que la palabra indica: es la expresión de algo benéfico, el deseo de bienestar, de suerte, y hasta supervivencia. Al decir "adiós", se aleja al amigo o pariente bajo la protección divina. Si nos despedimos "hasta luego", es porque deseamos encontrar nuevamente a quien nos proporciona un agrado. Y no deja de encerrar un cumplido terminar una entrevista dando testimonio de que hemos tenido "mucho gusto".

Los votos a qwue nos referimos están abolidos de la fórmula que se infiltra a diario en nuestros hábitos, golpeando con rudeza en los oídos a cada paso: en el teatro, en el trolebús o en las conversaciones callejeras. ¡Chao!, exclama el deportista, como haciendo un pase. ¡chao!, grita con estridencia el colegial que escapa a tomar el tranvía. ¡Chao!, masculla con displicencia la jovencita que no puede ocultar el aburrimiento que le provocó el amigo ocasional que la acompaña por la calle. ¡Chao!, es la muletilla de don Giussepe para despedir al cliente que soporta con resignación las pesas brujas.

Echamos de menos los tiempos en que los colegios se ocupaban de enseñar urbanidad. Los ridículos tiempos del señor Carreño y su manual, en que las generaciones aprendían a despedirse en cristiano y conforme al buen uso de la gente educada.

¿No será posible que nuestros sabios pedagogos reparen en la necesidad de enseñar a saludar a la gente de hoy?

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